El envoltorio de la propuesta de Emerald Fennell es jugoso y muy apetecible, pero la golosina que viene dentro es de esas que saben muy bien al principio y luego se vuelven un poco insípidas
La relación de Catherine y Heathcliff, los protagonistas de Cumbres Borrascosas, está condenada desde el primer momento que se ven. De niños, escondidos debajo de una cama, se descubren cuando él todavía no tiene nombre. Ella lo bautiza y él existe. Es un maleficio: solo a partir de entonces Heathcliff tiene razón de ser. Antes no era nadie. Por la gracia de Catherine, se ha convertido en su mascota. «Te seguiría como un perro hasta el fin del mundo», le dirá él a ella años después, ya de adultos y minutos antes de que sus caminos se separen y quede claro que su amor es una imposibilidad que solo conduce al fracaso y al dolor.
Ese momento en el que los protagonistas se alejan en el espacio es uno de los pocos que comparte Cumbres Borrascosas (película) con Cumbres Borrascosas (libro). La versión de Emerald Fennell, liderada por Margot Robbie y Jacob Elordi, se pasa por el forro la celebrada novela de Emily Brontë y tan solo mantiene los puntos clave que dirigen la acción. Es como si la cineasta estuviese conectando los números de uno de esos dibujos en los que hay que unir los puntos. Fennell va del uno al dos, sí, pero por el camino se imagina lo que Brontë no. Y es precisamente ahí cuando la película se vuelve más interesante, cuando utiliza el lienzo que puso la escritora, pero para pintar lo que le venga en gana.
Cumbres Borrascosas es una película deliciosa y gamberra porque, dentro del corsé que predispone la obra original, es libre y se atreve a no ser fiel. También es una versión con muy buenas ideas en lo que supone construir escenarios sexuales alrededor de los protagonistas, pero que se vuelve repetitiva y muy poco interesante en el momento en el que el amor de Catherine y Heathcliff se consuma.
Fennell, tras Una joven prometedora (2020) y Saltburn (2023), sigue expandiendo su autoría, una que hace que sus películas parezcan una tienda de chuches en la que todos los caramelos están envenenados. Cumbres Borrascosas es, visualmente, muy estimulante. Su envoltorio es jugoso y muy apetecible, pero la golosina que viene dentro es de esas que saben muy bien al principio y luego se vuelven un poco insípidas. Fue Robbie, la protagonista y productora de la película, la que reveló que el sueño de Fennell era que este proyecto fuera el Titanic (1997) de esta generación. Respuesta corta: No. No lo es.
Esto es una película de Emerald Fennell
Warner Bros.
Cumbres Borrascosas deja muy claro que es una película con la firma de Fennell desde el primer sonido. Cuando comienza el filme, la pantalla no muestra imagen alguna, pero se escuchan unos gemidos que juegan con el espectador. El cerebro rellena la información que falta: parece un hombre masturbándose. Error. Es un ahorcado dando sus últimos suspiros mientras los allí presentes, la pequeña Cathy incluida, miran, celebran y se excitan. Un niño señala: el hombre con la soga al cuello tiene una erección. Una monja lo mira y se excita. El gentío se transforma en una especie de orgía callejera. Ese día, el día del ahorcado, es el mismo en el que Catherine conoce a Heathcliff.
Fennell abre así su adaptación de uno de los mayores clásicos de la literatura inglesa. A la directora le bastan unos minutos para dejar claro el tono de su película. El viaje que te propone es uno sombrío, perverso, cruel y sexual.
La primera parte de Cumbres Borrascosas sirve para asentar la fuerte conexión entre Catherine y Heathcliff. Ella, la hija del borracho, ludópata y violento propietario de una finca que está abocando a todos a la ruina. Él, un niño abandonado que vive en el cobertizo y que se convierte en el chico para todo. De niños juegan por los páramos. De adultos, su atracción y deseo se convierte en protagonista.
Antes de que Heathcliff verbalice ese «te seguiría como un perro hasta el fin del mundo», Catherine está masturbándose junto a unas rocas. Él la sorprende y ella, avergonzada, intenta irse, pero el personaje de Elordi la levanta con una sola mano agarrándola por el corsé y se mete los dedos con los que se ha tocado en la boca. Para cuando esto ocurre, Fennell lleva ya unas cuantas escenas en las que hace lo que mejor se le da: jugar con el sexo sin sexo, insinuar en lugar de mostrar y buscar rozar, sin traspasarla, la raya del manido «pasarse de la raya».
Un charco melodramático
Warner Bros.
El filme alcanza otro estado cuando Catherine, movida por la ruina a la que les ha conducido su padre y porque casarse con Heathcliff la convertirá en una “desgraciada”, acepta la pedida de matrimonio de su rico vecino Edgar Linton. Heathcliff desaparece y ella, que espera durante un año su regreso, ya no puede posponer más la boda. Su vida de casada está llena de lujos y anacronismos: vestidos y escenarios increíbles que jamás existieron en esa época. Todo es fiesta en la vida de Catherine, pero todo es apatía en Catherine.
Heathcliff vuelve años después, rico y cambiado, preparado para vengarse. La última parte de Cumbres Borrascosas es un juego de niños en el que Fennell acentúa todavía más la crueldad que se lanzan unos personajes contra otros. Los MVP de esta contienda son Catherine y Heathcliff, claro, que egoístamente arrastraran a todos en sus trastadas. Eso hasta que dejan de evitar lo imposible y comienzan una aventura. Hay tregua y, en ella, además de mucho sexo, la película cae en un charco melodramático que apaga todo el divertimento que había construido Fennell hasta entonces.
Durante ese pozo redundante, la cineasta también tiene alguna idea buena. Aquí es cuando Isabella, la pupila de Linton interpretada por Alison Oliver, se convierte en una robaescenas. Esta versión del personaje condensa un ‘coming-of-age’ en ella misma: pasa de niña inocente a dejarse utilizar por Heathcliff. Es ella, con una cadena al cuello y actuando como si fuera un perro a expensas de Heathcliff, la que tiene uno de los momentos más turbulentos a la vez que divertidos en el filme.
Cuanto más subversiva es la película con el libro de Brontë, más fácil resulta entrar. Cumbres Borrascosas es irregular y en ocasiones está más interesada en lucir bien que en contar las cosas bien. Sus males, no obstante, son algo que celebrar: todavía tenemos a gente detrás de las cámaras que se atreve a arriesgar, aunque en esta ocasión sea más bravuconería que valentía.