
Por aquel entonces tan solo se podía jugar al primer juego de la saga en la NES, pero no impidió que en Japón hicieran un anime de una hora. Tristemente nadie se acuerde ella, y hay un motivo: es, honestamente, bastante mala
El 13 de septiembre de 1985, el mundo de los videojuegos cambió para siempre: Super Mario Bros, un juego de plataformas de Nintendo, se lanzó en Japón, y todos se obsesionaron inmediatamente con su protagonista, un fontanero mostachudo que luchaba contra setas, tortugas y rocas con pinchos tratando de rescatar a la princesa Peach. Y aunque ahora es ultra-conocido gracias a su saga de videojuegos y a su adaptación animada, Super Mario Bros La película, por aquel entonces nadie perdió el tiempo: había que llevarlo a cine lo antes posible.
¡It’s a me, Mario!
Solo habían pasado nueve meses desde el lanzamiento del videojuego, y su primera película se estrenó en cines nipones. Super Mario Bros: ¡La gran misión para rescatar a la princesa Peach! se estrenó en 200 cines el 20 de julio de 1986 en Japón junto a otra adaptación de videojuego, Running Boy: Star Soldier’s Secret, y no solo es la primera película basada en un juego de la historia del cine. Además, tiene el mérito de ser el primer isekai en el que el protagonista va a un mundo virtual.
Y es que la trama empieza con Mario, que trabaja como dependiente de una tienda, en nuestro mundo, jugando a la NES cuando Peach escapa de la televisión, seguida por Koopa y el resto de villanos. Con la ayuda de su hermano Luigi (con su característico gorro… azul) acaba metiéndose en el juego, venciendo a Koopa y evitando su boda con la princesa. Eso sí, Peach no se casa con él, sino con el príncipe Kibidango, que vivía en su collar. Nunca nadie volvió a oír hablar de Kibidango, claro está.
Tuvieron que pasar tres años hasta que en Estados Unidos se estrenara el famoso The Super Mario Bros. Super Show, seguido por Las aventuras de Super Mario Bros 3, Super Mario World y, por supuesto, ya en 1993, la terrorífica película de acción real con Bob Hoskins y John Leguizamo. Pero eso, me temo, es otra historia.