«No pensé que iba a sudar tanto, pero ha valido la pena este ‘roller coaster», confiesa la actriz, que debuta en el género de la mano de Cronin, James Wan y Jason Blum, a los que describe como «los papás contemporáneos del terror»
Hay una película que Laia Costa (Barcelona, 1985) no va a volver a ver. Irónicamente, es una que protagoniza y que supone su debut en el género del terror. También es su primera superproducción estadounidense en el cine, porque en las series ya lo experimentó con La rueda del tiempo (2021). La culpable es La momia de Lee Cronin. «Soy una cagona y lo digo todo el rato, pero es que es cierto: a los 15 dejé de ver terror», confiesa en SensaCine. «No la volveré a ver porque incluso como espectadora pasé miedo».
Costa no es que se haya convertido en una de nuestras actrices más internacionales, es que los inicios de su carrera ya eran internacionales. En 2015 hizo historia en el extranjero: se convirtió en la primera española en conseguir un Lola, los Oscar alemanes. Fue por Victoria (2015), un ‘thriller’ rodado en plano secuencia. Ha trabajado con Ricardo Darín en Nieve negra (2017) y con Nicholas Hoult en Newness (2017). También con Isabel Coixet en la serie Foodie Love (2019) y la película Un amor (2023). Fue de la mano de otra gigante nueva del cine español, Alauda Ruiz de Azúa, con la que consiguió el Goya a Mejor actriz por Cinco lobitos (2022). Fue esta última película la que llamó la atención de Lee Cronin, el director de esta nueva versión de La momia que llega a los cines el 17 de abril. El cineasta ya quería a Costa con solo ver el tráiler.
Lee Cronin es una persona extremadamente inteligente, que conoce muy bien el género, que tiene mil referencias, que es un cinéfilo y que tiene todo un mundo detrás
«Yo le decía: ‘Lee, no puedes decir que por ver un tráiler me has dado el papel. Es muy poco profesional», bromea Costa. «Luego pidió al equipo mis películas, las vio, y ahí empezamos a hablar. Estuvimos como cinco o seis meses dialogando«. A la actriz, de la propuesta le llamó la atención la visión de Lee. «Cuando me ofrece el papel, le digo: ‘Pfff… No sé de qué me hablas», recuerda la actriz, a quien el director tuvo que convencer para unirse al filme. En todo el tiempo que estuvieron hablando, Costa se dio cuenta de algunas cosas. «Es una persona extremadamente inteligente, que conoce muy bien el género, que tiene mil referencias, que es un cinéfilo y que tiene todo un mundo detrás», señala.
Lee ha hecho su versión de La momia después de llamar la atención de la industria del terror con Posesión infernal: El despertar (2023). Costa no solo ha estado muy bien acompañada por él en esta primera vez, también por dos de los grandes nombres del género: los productores James Wan y Jason Blum. «Qué suerte haber entrado en este género de la mano de ellos», reconoce la actriz. «Son los papás contemporáneos del terror, y estar con ellos y ver todo el proceso de esta película ha sido muy enriquecedor y muy divertido».
Un drama familiar
Warner Bros.
La momia de Lee Cronin es parte drama familiar, parte historia detectivesca. La acción arranca con la familia Cannon en Egipto, país en el que el padre, Charlie (Jack Reynor), trabaja de reportero. Costa es Larissa, la madre, enfermera que está embarazada de su tercer hijo. Poco antes de que el clan se traslade a Nueva York, secuestran a Katie, la hija mayor. La vida de los Cannon y sus planes se van al traste: se mudan a Nuevo México, a la casa de la madre de Larissa. Cuando pasan ocho años, una llamada vuelve a cambiarlo todo. Katie ha aparecido momificada con vida dentro de un sarcófago. Los Cannon la llevan de vuelta a casa, pero Katie no está bien y su comportamiento pone en peligro a todos los miembros de la familia. Mientras tanto, Charlie intenta buscar una explicación a lo ocurrido con ayuda de la detective egipcia Dalia Zaki (May Calamawy).
La propuesta de Cronin tiene ‘body horror’, terror y una interesante propuesta estética, pero también humor. «Acabo de llegar de Los Ángeles, donde hemos hecho el evento de la premiére, y, ¡ostras!, me sorprendía ver a la gente como surfeando la peli, disfrutando, sintiendo el terror… pero de repente había ataques de risa», cuenta Costa. «Hay algo ahí de la condición humana y de sus contradicciones: como cuando estás en un funeral y a alguien le da un ataque de risa. Hay una especie de ‘relief’, de soltar, que es muy interesante, y esta peli estruja ese sentimiento. Es como que se te mete en el sistema nervioso y te puede salir una risa un poco extraña en algún momento porque no puedes más».
Una montaña rusa
Warner Bros.
Costa ha abordado la película desde los temas profundos de la familia: qué ocurre cuando un hijo desaparece, las dinámicas familiares, el dolor, los duelos diferentes de cada miembro del clan y la ruptura de relaciones y de vínculos. «En el caso de la madre, su manera de estar presente en ese dolor es mirar hacia el futuro y no al pasado, como hace la pareja. Hay una ruptura emocional brutal ahí. Es muy poderoso», señala. «Lee dirige muy bien, dentro de la locura casi pesadillesca que pueden tener algunas escenas. La forma en la que coloca la cámara te descoloca como actriz y te lleva a una interpretación hiperrealista, incluso sin tener quizá todos los elementos en el set. Eso es muy difícil de hacer: tienes que ser un poco mago para conseguirlo, y además pasándotelo bien. No pensé que iba a sudar tanto, pero ha valido la pena este ‘roller coaster«.
Lo de sudar es algo que viene acompañado del género. El reparto tuvo que hacer un entrenamiento de ‘stunts’ por la cantidad de cables, marcas y material utilizado en la producción. «Yo alucinaba porque el departamento de especialistas era brutal. Yo hacía bromas muchas veces en el set diciendo: ‘¡I’m an action movie star! ¡I’m an action movie star! (¡soy una estrella de películas de acción! ¡soy una estrella de películas de acción!)», cuenta.
Cada noche tenía que llegar a casa y ducharme. No hubo ni un solo día en el que pudiera meterme directamente en la cama. Tenía que pasar por la ducha, quitarme todo de encima
Costa ha entrado en el ‘body horror’ y el terror por la puerta grande y con una propuesta extrema. Normal que una, después de una jornada laboral como esa, tuviera que encontrar alguna forma de separar fluidos corporales y gritos de la vida real. «Cada noche tenía que llegar a casa y ducharme», recuerda. «No hubo ni un solo día en el que pudiera meterme directamente en la cama. Tenía que pasar por la ducha, quitarme todo de encima».