Pablo Trapero estrena la adaptación de la novela de David Gilbert, ‘El extravagante Señor Dyer’, el próximo 18 de septiembre
Por Sara Heredia
Pablo Trapero está llevando a cabo su particular díptico familiar. Después de estrenar La quietud, una cinta en la que una mujer vuelve a la casa familiar después de que su padre sufra un infarto cerebral. En aquella ocasión exploraba las relaciones entre las hermanas y su madre con ellas, marcada por la represión de la dictadura militar argentina. Le faltaba contar un episodio y ha llegado con Sus hijos, la cinta que ha rodado enteramente en inglés y que llega a los cines este viernes 18 de septiembre.
Sus hijos se centra en Andrew Dyer un escritor de éxito que lleva décadas recluido en su casa sin hacer apariciones públicas. Cuando muera un amigo cercano, comenzará a preocuparse por el tiempo que le queda en este mundo y entonces decide desvelar un secreto que lleva 20 años guardando. Para ello, reúne a sus dos hijos mayores con su hermano pequeño, nacido fuera del seno familiar.
Es una adaptación de El extravagante Señor Dyer, novela escrita por David Gilbert en 2013. En su llegada a la gran pantalla cuenta con un reparto encabezado por Bill Nighy, mítico actor británico que ha sido nominado en los BAFTA, los Globos de Oro y los premios de la Academia; e Imelda Staunton, otro peso pesado de la industria de Reino Unido. Junto a ellos encontramos a Noah Jupe, Johnny Flynn y George MacKay en el papel de los hijos.
La película parece pertenecer a un tipo de cine que a veces cuesta sacar adelante y que también puede costar encontrar en salas. ¿Qué te llevó a hacer Sus hijos?
Me alegra mucho que la película se estrene. Me encanta hacer películas alternativas a las grandes propuestas de verano y el calorcito. Fue un poco lo que pasó con El ciudadano ilustre cuando se estrenó: era una alternativa a las películas de entretenimiento que llegaban a los países anglosajones.
Yo empiezo a trabajar en las películas que, de alguna manera, quiero ver como espectador, porque antes que director soy espectador. Cuando llega el momento de decidir cuál va a ser la próxima película, una de las preguntas más importantes es: ‘¿Por qué esta historia entre todas estas alternativas?’. Y, en general, la respuesta suele ser bastante sencilla: me gustaría verla. Si yo fuera espectador y me encontrara con esto, tendría ganas de verla.
Además, hacer una película es muy demandante y me quita mucho tiempo de mi vida privada. Vas a estar probablemente años con un proyecto y después rodando 12 o 14 horas al día, fuera de casa y lejos de tu familia. Es importante estar seguro de que ese proyecto, al menos sobre el papel, merece la pena.
Últimamente tus proyectos están muy ligados a la familia. ¿Es algo que surge de manera natural o lo buscas conscientemente?
En el caso de Sus hijos fue deliberadamente así. Cuando leí la novela encontré un paralelismo, como un espejo, con La quietud, mi última película en Argentina, que era el reencuentro de una madre con sus hijas, mientras que esta era literalmente el reencuentro de un padre con sus hijos. Sentía que, de alguna manera, se completaban una con la otra.
Al momento de reescribir tenía muy presente la película anterior, pero principalmente sentía que era una oportunidad para completar algo que había aprendido haciendo series. Muchas veces la duración de una película no es suficiente para desarrollar un concepto porque necesita más tiempo. Por eso también he hecho series estos últimos años.
De alguna manera, sentía que algo de lo que estaba en la película anterior había quedado incompleto y que Sus hijos lo completaba. Por eso hice esta película. Si alguien pudiera hacer una maratón y ver las dos seguidas, creo que terminaría de completarse un concepto.
Divisa Films
Sus hijos parece formar parte de una ola de historias sobre la figura del mal padre: padres ausentes, negligentes o que han tomado decisiones cuestionables. ¿Cómo ves este interés?
Es interesante que parezca una especie de moda, porque estas películas se han hecho más o menos al mismo tiempo. De hecho, ninguna se hizo habiendo visto la anterior, porque son todas más o menos contemporáneas. También es interesante que aquello que parece una moda exista porque el público lo elige. Las modas no son solamente de los directores o los guionistas que hacemos las películas, sino de la combinación entre lo que propones y cómo es recibido.
Me parece interesante que estas historias tengan hoy este espacio porque, a la larga, incluso si te vas al otro extremo y piensas en La odisea, siempre hablamos de las mismas cosas. En lo más íntimo de estos relatos están las cuestiones que uno puede ver reflejadas en su propia vida.
En Sus hijos, además, la figura del padre puede representar algo más que al padre de sangre. Puede ser también el líder de un país, el jefe de una empresa o quien está a cargo de un equipo de fútbol: alguien que tiene la función de guiarnos o cuidarnos. Ahí también se crean vínculos, jerarquías y roles que pueden compararse con los de una familia en el sentido más clásico.
Me parece interesante que estas historias tengan hoy este espacio porque, a la larga, incluso si te vas al otro extremo y piensas en ‘La odisea’, siempre hablamos de las mismas cosas. En lo más íntimo de estos relatos están las cuestiones que uno puede ver reflejadas en su propia vida.
Hacia el final del primer acto se revela quién es Andy y de dónde viene ese chico, pero la historia no cambia radicalmente a partir de ahí. Los hijos siguen preguntándose qué importa lo que haya hecho su padre. ¿Querías abrir ese debate sobre quién es y hasta qué punto sus decisiones son justificables?
Justamente una de las cosas que son el corazón de la película es qué es aquello que dejamos. Andrew lo dice en un momento: qué es aquello que dejamos, qué es aquello que queda de nosotros. Las novelas que escribió, los hijos, el recuerdo que alguna persona tiene o tendrá de él…
La pregunta es más amplia que solamente la parte ética, que es fundamental en este debate. Primero está la cuestión de si es imaginable aquello que confiesa Andrew y, si fuera cierto, se abren muchas preguntas éticas. Pero antes de llegar ahí está la parte más cotidiana: todo aquello que nosotros vamos a dejar inevitablemente.
Puede ser el testamento literal que uno hace ante un notario, pero también son las cosas que uno deja en los demás. Andrew dejó cosas antes de morir. Siempre se habla de lo que deja alguien cuando se ha ido, pero uno va dejando cosas todo el rato. Por ejemplo, en una pequeña comunidad como una cafetería, puedes entrar de mal humor porque te ha pasado cualquier cosa en casa o en el trabajo y, sin ser consciente, decir una palabra que lastime a la persona que amablemente te ha traído el café. Eso también es lo que dejas.
¿Qué dejaron Bill Nighy e Imelda Staunton en ti? ¿Qué aprendiste trabajando con ellos?
Aprendí algo que ya había vivido antes, pero que es muy bonito y satisfactorio confirmar: las personas grandes suelen ser muy generosas, abiertas y curiosas. Lo confirmas en su manera de trabajar, en la amabilidad, en la predisposición, en la apertura, en la delicadeza con la que trabajamos y en el compromiso. Son pequeñas cosas cotidianas que marcan la diferencia. No es gente que esté mostrándote el currículum constantemente; no lo necesitan. Y eso hace que la experiencia sea muy placentera.
De Bill me llevo cosas para mi vida personal, pero también para las películas. Y es casi lo contrario de Andrew. Bill, al menos en mi experiencia, ha sido todo generosidad y compromiso. Aunque ha hecho decenas de películas, sentí que esta la hacía como si fuera su primera película. Además, él mismo ha contado que este proyecto le interesaba personalmente por lo que hablaba de su propia historia y que sentía un compromiso particular con él.
[Bill Nighy] ha contado que este proyecto le interesaba personalmente por lo que hablaba de su propia historia y que sentía un compromiso particular con él
La primera conversación que tuvimos fue precisamente sobre cómo hacer que un hombre que es casi un icono de la elegancia y la amabilidad, alguien tan impecable y sofisticado como Bill, se convirtiera en Andrew. La idea era que lo que la gente conoce de Bill fuera lo que nosotros pudiéramos imaginar que había sido antes de convertirse en este personaje. Para eso había que hacer un trabajo físico y de caracterización que es lo opuesto a lo que hace casi siempre: verlo caminar con ese pelo, esa barba y esa apariencia. Eso también definió la experiencia con él: cómo se animó a explorar otros caminos y abrazó algo diferente después de tantos años de experiencia y con una forma de trabajo tan consolidada.
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¿Tuviste alguna inspiración real para construir a Andrew, alguna figura que te sirviera como referente?
No, la verdad es que no hubo una persona en particular. No era aquello de decir: ‘Vamos a hacer todo como este referente’. Sí hubo muchas personas que, sin ser figuras públicas, podían servir para determinados aspectos. Y hay algo que probablemente te resulte gracioso: prácticamente la mayoría de las personas pueden tener actitudes como las de Bill sin ser conscientes de ello. Andrew es eso llevado al extremo. Volviendo al ejemplo del café: entras con tu mundo, tus cosas, y ni siquiera devuelves el saludo a la persona que te ha saludado. Estás ejerciendo un poco el mismo personaje: alguien aislado, metido en su mundo y ajeno al resto.
También estaba presente la dificultad de diferenciar la vida pública de la privada. En el caso de Andrew, su vida pública como escritor está mezclada con su vida privada como padre y con la vida de sus propios hijos. Eso tiene que ver con algo que sucede hoy en nuestras vidas: la vida pública y la privada están cada vez más difusas, especialmente con las redes sociales, donde todo está expuesto. Ves a gente bailando o cantando en su cocina, con la ropa detrás… Hay algo de ese límite entre la vida pública y la privada que se plantea en Sus hijos y a lo que todos estamos mucho más expuestos de lo que probablemente reflexionamos.
Y, por otro lado, también me ayudó a trabajar con Bill y con todos los actores pensar en los distintos roles que interpretamos en nuestra vida cotidiana. Cuando eres un paciente y vas al médico te comportas de una manera distinta porque estás mostrando tu vulnerabilidad. Y ese médico también está en un rol diferente al que probablemente tiene cuando llega a su casa y es padre. Son distintos roles que interpreta cada persona. En Sus hijos se ve claramente el rol de Andrew como figura pública de éxito, que no tiene nada que ver con el rol de él como ermitaño, solo y encerrado, ni con el de padre, ausente o presente, o esposo de Isabel. Son personajes distintos de una misma persona.
Después de una historia tan introspectiva, ¿tienes ganas de volver al thriller o a la acción?
Justamente, cuando hice Sus hijos venía de hacer unas series con mucho género y muchas cosas y necesitaba volver a algo más íntimo, más pequeño. Pero ahora mismo, en noviembre, se estrena una serie que estoy terminando en Argentina que se llama Gordon, que retoma un poco la línea de El clan. De hecho, el personaje de Gordon se introduce en El clan, interactúa con Arquímedes, que es el protagonista, y era un personaje sobre el que quería hacer algo desde hacía mucho tiempo.
Finalmente lo conseguí en esta serie, que son siete capítulos sobre este personaje real, que atraviesa desde finales de los 60 hasta mediados de los 70 en Argentina. Recupera un poco el espíritu de El clan y ese tipo de narración.