Clint Eastwood rodó con maestría esta película que, siendo un drama, es de absoluto terror. Sean Penn y Tim Robbins se llevaron el Oscar
Hablemos de cine con mayúsculas. En 2003, el realizador norteamericano Clint Eastwood, nacido en San Francisco en 1930, ya poseía una trayectoria monumental tanto delante como detrás de las cámaras. Forjado como actor bajo la tutela directa de dos colosos fundamentales como Sergio Leone y Don Siegel -los dos directores que marcaron a fuego su mirada-, y tras trabajar con cineastas de la talla de John Sturges (Joe Kidd) o Michael Cimino (Un botín de 500.000 dólares), Eastwood dio el salto a la dirección en 1971, con 41 años, gracias a Escalofrío en la noche. Cuando llegó a 2003 para rodar Mystic River, su película vigesimocuarta, ya acumulaba al menos una decena de obras maestras incontestables. Sin embargo, fue precisamente con Mystic River cuando la crítica internacional acuñó de manera unánime aquella etiqueta casi mítica: la de ser ‘el último gran cineasta clásico’.
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Antes de convertirse en celuloide, Mystic River fue una novela capital de Dennis Lehane, maestro indiscutible de la novela negra contemporánea junto a referentes como James Ellroy, Elmore Leonard y Richard Price. La génesis de aquella historia nació de un episodio puramente biográfico: una bronca descomunal que la madre de Lehane le propinó de niño tras subirse al coche de unos desconocidos que fingían ser policías. Aquel pánico inoculado cristalizó años después en una tragedia desgarradora ambientada en un barrio obrero de Boston bañado por las aguas del río Mystic.
El encargado de trasladar las páginas de Lehane a la pantalla fue Brian Helgeland -ganador del Óscar por L.A. Confidential y guionista de Deuda de sangre y El fuego de la venganza-, quien concentró el horror inicial en tres chavales de diez años jugando al hockey en la calle en los años setenta. Cuando uno de ellos, Dave, se dispone a grabar su nombre en cemento fresco, dos individuos lo secuestran en su automóvil para vejarlo durante cuatro días en un sótano.
Eastwood comprendió de inmediato el núcleo temático: la inocencia brutalmente interrumpida. Décadas más tarde, cuando la hija del ahora gánster Jimmy Markum aparece asesinada en un foso, la tragedia vuelve a reunir a los tres viejos amigos convertidos en hombres adultos: Jimmy, el recto policía Sean Devine y el propio Dave, un alma rota y disociada. La tesis de la cinta resulta demoledora: aunque físicamente Dave logró escapar del sótano, los tres niños subieron simbólicamente a aquel coche y jamás lograron bajarse de él. Sus vidas quedaron atrapadas para siempre en un dolor irremediable.
Warner Bros. Pictures
No es casualidad que Mystic River adopte por momentos la atmósfera y la iluminación de una película de terror. Los monstruos de esta historia no son criaturas mitológicas; son personas capaces de arrancar el alma humana y marchitar la existencia ajena. La memorable secuencia en la que Dave dialoga sobre licántropos y vampiros mientras su esposa Celeste lo observa aterrada plasma la tragedia de un ser cuya voz y psique fueron mutiladas en la niñez. Y en el tramo final, la sobrecogedora intervención de Laura Linney operando como una implacable Lady Macbeth termina por consagrar ese paisaje moral quebrado y perturbador.
Aupada por un elenco extraordinario en el que Kevin Bacon sustituyó a Michael Keaton a última hora, y donde brillan Laurence Fishburne, Marcia Gay Harden y el mítico Eli Wallach en un nostálgico cameo rodado a una sola toma, la película cosechó seis candidaturas a los premios Óscar. Aunque la estatuilla dorada a mejor película recayó aquel año en El señor de los anillos: el retorno del rey de Peter Jackson, y el Festival de Cannes presidido por Patrice Chéreau la dejó incomprensiblemente de vacío en beneficio de Elephant de Gus Van Sant, el tiempo ha colocado el filme en su altar legítimo. Sean Penn y Tim Robbins se alzaron con los Óscar interpretativos gracias a dos composiciones colosales que todavía hoy erizan la piel.
Mystic River no solo confirmó la maestría de un director irrepetible, sino que permanece como una de las cimas dramáticas más lúcidas, tristes y necesarias del cine contemporáneo del siglo XXI. Una tragedia irresoluble sobre las cicatrices incurables de la violencia.