Alejandro G. Calvo ya está pasando penurias, como de costumbre, pero sigue al pie del cañón. Hoy nos cuenta qué le ha parecido la nueva película del director polaco Pawel Pawlikowski

¡Segundo día, segundo día, segundo día en el Festival de Cannes 2026 y aquí sigo, corriendo para que no se me vaya la luz!. Es un no parar, siempre corriendo en este festival que es súper chulo, pero que te deja sin aliento. Para grabar la crónica de hoy me he subido a lo más alto de Cannes, arriba del todo de la montaña, donde está el castillo, buscando desesperadamente que el sol me iluminara bien la cara. ¿Y qué ha pasado? Que pegaba un viento de la leche. No me di cuenta de que grabar con ese vendaval iba a ser un desastre técnico absoluto. Como me dijo un día Ernesto Sevilla, y es una frase que me encantó: «Nunca van a poder conmigo porque soy imbécil». Mi compañera Verónica ha tenido que hacer un proceso de limpiado de audio tan meticuloso que mi voz suena ridícula por momentos, un poco absurda. Pero oye: críticas de la nueva película de Pawel Pawlikowski –Fatherland– habrá muchas, pero con esta voz de abducido por un alien, solo la mía. En el fondo creo que hace que el vídeo quede más divertido.
Llevamos muy poco de sección oficial, apenas unas cinco películas, pero por fin ha llegado la primera que ha brillado de verdad. Hablo, por supuesto, de Fatherland, la nueva película del maestro polaco Pawel Pawlikowski. Nacido en Varsovia en 1957, Pawlikowski empezó siendo un director algo disperso en los 80 y 90, hasta que lo reventó por completo con Ida, una cinta con una de las mejores puestas en escena y de las imágenes más vivas del cine del siglo XXI. Aquí vuelve a contar con su director de fotografía de cabecera, el enorme Lukasz Zal, que también nos dejó boquiabiertos en Estoy pensando en dejarlo de Charlie Kaufman y en La zona de interés. Y ojo, que Pawlikowski llevaba sin dirigir un largometraje desde 2018, cuando nos voló la cabeza con Cold War, una de las grandes obras maestras de este siglo que, por cierto, se me olvidó meter en mi top histórico (así que torta para mí).
De qué va esta brillante película: ‘Fatherland’
Nos sitúa en el regreso del escritor Thomas Mann a Alemania, a un Berlín ya dividido y en ruinas tras el final de la Segunda Guerra Mundial. En este durísimo retorno, Mann es recibido por su hija, interpretada por una absolutamente increíble Sandra Hüller. Lo de esta mujer no tiene nombre: en pleno 2026 ya lleva tres obras maestras a sus espaldas. No una, ni dos, sino tres: Proyecto Salvación, Rose (de la que ya os hablé desde Berlín) y ahora esta. Es de las mejores actrices vivas, que venga alguien a rebatírmelo si lo ve.
A través del recorrido de Mann del Berlín occidental al oriental atravesando las ruinas, Pawlikowski nos muestra el reflejo de un país y un pueblo completamente destruidos y devastados. Fatherland funciona como un profundo retrato de la psique alemana posguerra, un ensayo sobre el pesar, el trauma y la culpa en medio de las cenizas. Hay un momento brillante en el que se verbalizan los suicidios de escritores alemanes como Stefan Zweig y Joseph Roth, mientras a Mann se le echa en cara de todo: le acusan de ser cobarde, colaboracionista, proalemán, prosoviético… Él, que es una figura casi santificada y un emblema del propio pueblo alemán, se encuentra con que todo el mundo ha muerto y él sigue vivo, teniendo que sobrevivir aferrándose a su amor por la literatura y la cultura. Hay, por cierto, un encuentro con los hijos de Wagner que me parece simplemente alucinante.
Si la comparamos con Ida y Cold War, Fatherland es una obra más pequeña. Apenas dura 80 minutos, y siendo sinceros, esa concisión es algo muy positivo que hay que agradecer. Es una película muy fría, de gran peso sustantivo, que abraza un modelo de cine de autor europeo muy clásico. Al tratar temas tan importantes con actores y narrativas de tanto peso, resulta más gélida que sus predecesoras, pero no deja de ser gran cine. La puesta en escena es puro Pawlikowski: formato cuadrado, apostando por los planos frontales, y unas simetrías con una belleza estética y una profundidad brutal. Y cuando mueve la cámara es que es casi incluso mejor. Cada plano está tan pensado que desde el punto de vista de los estetas nos sentimos muy a gusto. Al final, la cinta culmina con un cierre hermoso, mostrándonos que la forma que tiene este hombre de poder convivir consigo mismo es a través del amor que aún existe entre él y su hija. Ya os digo que me gustan más las anteriores, pero es una muy buena película.
Y ya está, lo hemos conseguido, a pesar del viento y la luz. Recordad que estas crónicas locas son posibles gracias a que tenemos un patrocinador, Peugeot, ¡gracias por apoyar el cine!