Pocos planos son tan poderosos como aquella toma de una Gran Vía absolutamente desierta en ‘Abre los ojos’, la segunda película de Alejandro Amenábar.
15 de agosto de 1996 o nada. Hace ahora casi justo 30 años, el equipo de Abre los ojos capitaneado por un jovencísimo Alejandro Amenábar comenzaba el rodaje en Madrid no solo de una película que acabaría siendo una de las producciones más aclamadas en su momento, sino de una escena en concreto que se grabaría a fuego en la retina de todos nosotros y que seguimos recordando a día de hoy: La Gran Vía madrileña, la avenida más emblemática de la capital por la que cada día caminan varios cientos de miles de personas, está completamente desierta.
Es uno de los planos que conforman la secuencia inicial de la película, la segunda del cineasta tras su debut en Tesis, y resulta tan poderoso porque lo que en ella se muestra es un escenario imposible. En los primeros segundos de Abre los ojos, César, el personaje de Eduardo Noriega, se despierta en su cama, se da una ducha, se viste y baja a la calle para comprobar que está completamente solo.
Como podemos imaginar, conseguir aquella toma fue fruto de muchísimo esfuerzo. Para empezar, el equipo de Amenábar tuvo que ceñirse a la condición que puso el Ayuntamiento de Madrid: rodar al alba de aquel 15 de agosto, día festivo coincidiendo con el puente de la Paloma, porque sería un día en el que habría una afluencia mucho menor. Pero también hubo que cortar el tráfico, evitar que la gente caminase por la calle y que los curiosos se asomasen a las ventanas.
«El Ayuntamiento de Madrid nos había otorgado el permiso para grabar la escena desde las 4 hasta las 8 de la mañana», recordaría el productor Emiliano Otegui en declaraciones a ABC en 2015. Sin embargo, al llegar allí, rápidamente quedó claro que necesitaban más luz, lo que hizo necesario retrasar el horario. «La Policía nos instaba a dejar el lugar por haberse vencido el permiso, aunque no íbamos a marcharnos hasta conseguir grabar las escenas».
Sogetel
Al final, lograron rodar cino o seis tomas con mucho esfuerzo: «Abríamos la calle entre toma y toma durante 20 o 25 minutos» y el resto del tiempo se las apañaban para controlar la afluencia. «20 chavales, amigos de mi hijo del instituto, se encargaron de controlar la inesperada salida de la gente de los hostales y portales al asfalto. Veíamos como los autocares se agolpaban entre las tomas para recoger a los turistas que esperaban para poder marcharse».
Eduardo Noriega también lo recordaría caótico en su reciente charla para el podcast de Cinemanía «Mi vida en películas» el pasado mes de abril: «La secuencia de la Gran Vía hoy día ya es un referente. Es incluso un chascarrillo: ‘Estoy estoy como Eduardo Noriega en Abre los ojos‘, dicen por ahí cuando se levantan a las 7 de la mañana y no hay nadie en la calle», recuerda el actor.
La secuencia quedó mágica por estas cosas que tiene el cine a veces, que pones una cámara y lo que se ve a través de la cámara es maravilloso, pero lo que había alrededor de la cámara era una pesadilla
«Teníamos autobuses a un palmo de nosotros pitándonos, una cola tremenda de coches que querían pasar a Plaza España. Por el objetivo no se adivina que está todo colapsado y con los claxons ahí pitando», detalla divertido sobre lo que realmente estaba pasando en la que que sin duda es una de las secuencias más silenciosas y tranquilas de nuestro cine. «La policía nos había dicho: ‘Yo te puedo cortar el tráfico el minuto que dura el plano y luego lo abro. Pero al público no te lo puedo parar. La gente que va por la calle, yo no lo puedo parar».
«Y aquello fue una pesadilla, una pesadilla. En cada boca calle se puso a alguien de producción que ni siquiera estaba en la producción», recuerda. «Se llamó a amigos que estaban sufriendo intentando parar a la gente. Y yo mientras en mitad de la Gran Vía diciendo ‘No hay nadie, no hay nadie, no hay nadie, no hay nadie, no hay nadie’, mientras oía los gritos y al borracho que salía de la discoteca y al otro que vomitaba y al otro que se peleaba».
Tampoco ha olvidado Noriega cuando la vio la escena, ya montada, unos meses más tarde, en una proyección interna: «Era una cosa milagrosa. Tenemos un plano maravilloso que jamás rodándolo podrías adivinar que habías hecho una cosa tan impresionante».
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