Jon Favreau y Dave Filoni son unos absolutos fans del wéstern y del cine de samuráis, y eso se nota

Me habían llegado muchísimas peticiones vuestras preguntando si íbamos a sacar crítica de The Mandalorian y Grogu, y yo también tenía mucha curiosidad por comprobar cuál era el interés real de la gente a la hora de ir a ver esta película. A pesar del indudable cansancio que hay en el gran público (e incluso entre los fans más heavies) por la sobreexplotación del filón de Star Wars y de los superhéroes, los vistazos previos con mis hijos me demostraron que seguía habiendo ganas. Así que me cogí, me fui al cine aquí en Francia y me la vi. Ojo, la he visto durante el festival de Cannes, pero no en el festival de Cannes. La organización rechazó la película, o quizá fue la propia Star Wars la que dijo: «Yo no quiero llevar la peli a Cannes, la última vez que llevé Solo me la pusisteis a parir».
La mejor noticia es que nos encontramos con una película pequeña de aventuras que funciona a las mil maravillas. A pesar de las críticas espantosas que le han metido en Estados Unidos, la verdad es que la película no busca construir una nueva épica monumental ni dar cierre a la serie. Es una cinta autoconclusiva que parece más bien tres capítulos chulos y musculosos juntos, acercándose mucho más al tono de la primera temporada que a la tercera.
A mí, de todo el universo post-Star Wars original, lo que más me gusta es The Mandalorian, Rogue One y Andor. Y esta película me funciona porque mantiene ese espíritu de aventura clásico. Jon Favreau y Dave Filoni son unos absolutos fans del wéstern y del cine de samuráis, y eso se nota. La dinámica entre Mando y Grogu bebe directamente de El lobo solitario y su cachorro, esa maravillosa saga de películas chulísimas y sangrientas sobre un samurái con un bebé, y de la saga Zatoichi del gran director Kenji Misumi. Y en cuanto al wéstern, es clave tanto en escenarios como en personajes; hay droides villanos que recuerdan inevitablemente al increíble Lee Van Cleef de La muerte tenía un precio.
This is the way: la relación padre e hijo
Lo que hace que la película triunfe es que sigue los códigos de la serie: la relación padre e hijo sigue siendo el núcleo de todo. Me sigo riendo a carcajadas con Grogu, que ya forma parte de la educación viva de mis propios hijos, pero es que además funciona porque es más que un simple alivio cómico. Verle curar una herida en un momento dramático o liarla tocando los botones de la nave sigue resultando emocionante aunque ya lo hayamos visto antes.
Sin embargo, al ser una película tan ligera, tiene su contrapartida: la tensión dramática y el riesgo no funcionan muy bien. Los momentos de aparente suspense son poco creíbles porque, seamos sinceros, sabemos que Mando y Grogu van a ganar y a hacerlo todo bien. Y luego tenemos el apartado de los cameos estrambóticos, evidenciando que estas producciones gigantescas son primas hermanas de las de Marvel. Por un lado, tenemos al grandísimo Martin Scorsese dando voz a un alien, un guiño gracioso que perderéis si la veis doblada. Pero lo más loquísimo y demencial es lo de Jeremy Allen White. El chico guapo de The Bear aparece dando vida a Rotta el Hutt, el hijo de Jabba.
En definitiva, ¿qué os digo? Es hija de su tiempo: una secuela en forma de película, nacida de una serie que es un spin-off de otra saga. El mundo raro en el que vivimos. Pero no hay que buscarle tres pies al gato. Es un divertimento para fans que te mantiene entretenido durante sus estupendas dos horas y cuarto, regalándote dos o tres escenas de acción potentísimas de pura aventura y wéstern.